Hoy hemos tenido la toma de posesión de los 114 nuevos Auxiliares Administrativos del Ayuntamiento de Zaragoza, de los que 103 se han preparado la oposición con nosotros. Ha sido un día mágico lleno de ilusión por una nueva etapa, y en el que hemos compartido muchas batallitas y expectación por lo que viene a partir de ahora.
Os dejamos una reflexión de Juanra, nuestro Psicólogo/Coach, sobre este día tan especial.
Hoy, 8 de enero de 2026, no es un día cualquiera. Hoy han tomado posesión 114 Auxiliares Administrativos del Ayuntamiento de Zaragoza. 114 personas que hoy han firmado un nombramiento, pero que durante mucho tiempo firmaron algo mucho más invisible: un compromiso consigo mismas.
Hace no tanto, estas mismas personas estaban exactamente donde tú estás ahora. Con dudas. Con cansancio. Con miedo a no llegar. Con la sensación de que la vida iba demasiado deprisa y ellos demasiado justos. Nadie llegó hasta aquí desde la comodidad. Nadie llegó sin dificultades. Nadie llegó sin momentos de “no puedo más”. Y, sin embargo, hoy están aquí, lo han logrado.
Este día siempre es especial. No solo por el resultado obtenido, sino por todo lo que representa. Porque en estos pasillos no solo se ve felicidad y también nervios; se ve alivio, emoción contenida, abrazos que descargan años de tensión, miradas que aún no terminan de creérselo.
Hoy no se celebra solo haber conseguido una plaza. Hoy se celebra haber resistido mientras estaban en el camino.
Las historias que vas a leer a continuación no son excepcionales. Son reales. Son cotidianas. Son humanas. Y precisamente por eso importan tanto. Porque demuestran que no hace falta una vida perfecta para conseguir una plaza. Hace falta algo mucho más sencillo y mucho más difícil a la vez: no abandonar.
Diez historias reales de superación
Nota: los nombres reales han sido cambiados por otros ficticios.
Ana: estudiar entre mochilas, turnos y culpa
Ana es madre de dos hijos y trabaja a jornada completa. Su día empezaba muy pronto y terminaba cuando la casa por fin se quedaba en silencio. Solo entonces abría los apuntes, muchas veces con los ojos cansados y la cabeza saturada. Estudiaba sabiendo que al día siguiente volvería a sonar el despertador demasiado pronto.
La culpa la acompañaba casi siempre: culpa por no estar lo suficiente con sus hijos, culpa por no rendir como le gustaría en el trabajo, culpa por sentir que nunca llegaba a todo. Había días en los que pensaba que quizá estaba siendo egoísta por intentarlo. Con el tiempo aprendió a avanzar en pequeños bloques, a aprovechar ratos sueltos, a aceptar que no todos los días serían iguales. Dejó de compararse con otros opositores con más tiempo o menos cargas. Entendió que su camino era distinto, no peor. Hoy, Ana ha tomado posesión. Y ha demostrado que ser madre y luchar por un futuro mejor no es abandonar a los hijos, es enseñarles constancia, esfuerzo y esperanza.
Carmen: convivir con la enfermedad
Carmen preparó la oposición mientras convivía con un proceso de enfermedad que afectaba a su energía, a su concentración y, muchas veces, a su estado de ánimo. Había días en los que apenas podía estudiar unos minutos y otros en los que el cansancio le hacía dudar de si tenía sentido seguir intentándolo así. Se comparaba con la Carmen de antes, la que rendía más, la que tenía fuerzas, y esa comparación le dolía.
Poco a poco aprendió algo muy importante: a escuchar su cuerpo y a respetar sus límites sin vivirlos como un fracaso. Adaptó ritmos, redujo exigencias, cambió la forma de estudiar. Siguió cuando pudo y paró cuando lo necesitó, sin castigarse por ello. Hoy está aquí. Y su plaza no es solo fruto del estudio, sino de haber aprendido a no pelearse consigo misma y a avanzar desde el autocuidado.
Isabel: cuidar a los padres y no desaparecer
Isabel estudiaba mientras cuidaba de sus padres enfermos. Su mente estaba dividida constantemente entre apuntes y preocupaciones: citas médicas, gestiones, llamadas, noches en vela. A veces abría el temario sabiendo que tendría que cerrarlo en cualquier momento. Sentía que nunca podía concentrarse del todo, que siempre iba a medio gas.
En más de una ocasión pensó en dejarlo “para más adelante”, pero también sintió que renunciar ahora a su proyecto personal sería una forma de renunciar a su futuro soñado. Así que siguió. Estudiaba a ratos, con interrupciones, con dudas, con miedo a no ser suficiente. Hoy demuestra que cuidar a otros no implica olvidarse de uno mismo, y que también se puede avanzar cuando la vida no da tregua con sus dificultades.
Raúl: atrapado en un trabajo que lo consumía
Raúl llegaba a casa agotado, con la sensación de estar sobreviviendo más que viviendo. Su trabajo lo tenía quemado, sin ilusión, sin reconocimiento y con una presión constante que le drenaba la energía.
Estudiar no era fácil después de jornadas tan duras, y muchas veces lo hacía sin ganas, con la cabeza llena de preocupaciones y el cuerpo cansado. Aun así, los apuntes se convirtieron en su tabla de salvación. No siempre estudiaba desde la motivación, sino desde la necesidad de creer que había otra vida posible. Persistió porque necesitaba una salida.
Hoy, esa salida es real. Y su historia recuerda que no todos estudian desde el entusiasmo; algunos lo hacen para volver a respirar, en definitiva, a vivir.
Laura: inseguridad constante, paso firme
Laura nunca creyó del todo en sí misma. Cada simulacro lo vivía como una amenaza y cada error una confirmación de sus miedos. Pensaba que los demás sabían más, avanzaban más rápido, estaban mejor preparados.
Muchas veces estudiaba con un nudo en el estómago, anticipando el fracaso incluso antes de intentarlo. Pero no dejó que la inseguridad decidiera por ella. Siguió estudiando incluso cuando se sentía pequeña, incluso cuando dudaba de todo. Ley a ley, test a test, fue construyendo algo que no tenía al principio: experiencia. Hoy, su plaza no ha borrado del todo sus dudas, pero ha demostrado algo esencial: la valentía no es ausencia de miedo, es no obedecerlo.
Mónica: perfeccionismo y autoexigencia
Mónica quería hacerlo todo perfecto. Repasaba una y otra vez, corregía sin parar, dudaba de sus propios conocimientos. Nunca sentía que estuviera preparada. Siempre faltaba algo más.
Ese perfeccionismo la llevaba al bloqueo, al agotamiento y a una sensación constante de insuficiencia. Con el tiempo aprendió a soltar un poco el control, a aceptar el “suficientemente bien”, a avanzar sin esperar a sentirse perfecta. Descubrió que cuando bajaba la exigencia, rendía mejor. Hoy, su logro le recuerda que la excelencia no nace del castigo, sino del equilibrio y la constancia.
Elena: estudiar en medio del duelo
Elena perdió a una persona muy cercana durante la oposición. El estudio quedó en segundo plano durante un tiempo. Hubo semanas enteras en las que no podía abrir una ley. Días de llanto, de vacío, de rabia y de preguntas sin respuesta.
Se sentía culpable tanto por no estudiar como por estudiar. Pero no se forzó. Respetó su proceso. Paró cuando lo necesitó y volvió cuando pudo. Poco a poco, el estudio se convirtió en una forma de seguir adelante sin olvidar, de darle sentido al esfuerzo. Hoy, su plaza convive con ese dolor transformado en una fuerza silenciosa que la acompaña.
Patricia: estudiar sin apoyo en casa
Patricia convivía con una pareja que no creía en su oposición. Comentarios desalentadores, ironías, falta de comprensión. Se sentía muy sola en su esfuerzo.
Muchas veces estudiaba con la sensación de estar luchando contra corriente, cuestionándose incluso si tenía derecho a intentarlo. Aun así, decidió confiar en su propio criterio. Se sostuvo cuando nadie más lo hacía. Aprendió a no necesitar permiso o reconocimiento para creer en sí misma. Hoy, Patricia demuestra que el apoyo más importante es el que uno construye dentro cuando fuera no llega.
Natalia: separarse y volver a empezar
Natalia salió de un matrimonio largo, marcado por el dolor, la tristeza y el desgaste emocional. Separarse fue un proceso duro, lleno de miedo e incertidumbre. Todo estaba por reconstruir: casa, rutinas, identidad.
Y en medio de ese caos emocional, siguió estudiando. Entre abogados, mudanzas y noches difíciles, los apuntes se convirtieron en símbolo de una nueva vida posible. Estudiar fue una forma de sostenerse y de mirar hacia adelante.
Hoy, su plaza representa mucho más que un trabajo: representa posibilidad, autonomía y renacimiento.
Beatriz: “me siento mala madre”
Beatriz se repetía muchas veces que estaba fallando como madre. Sentía que dedicar tantas horas al estudio era abandonar a sus hijos. Esa culpa la acompañó durante meses, incluso cuando avanzaba.
Había días en los que estudiaba llorando, preguntándose si estaba haciendo lo correcto. Con el tiempo entendió algo profundo: que su esfuerzo también era una forma de amor. Que no estaba ausente, sino sembrando estabilidad, futuro y ejemplo a sus hijos. Hoy, Beatriz ha llegado a la meta sabiendo que no dejó de ser madre ni un solo día; simplemente luchó por todos.
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Si has llegado hasta aquí leyendo estas historias, quizá lo hayas hecho con un nudo en el pecho. Quizá te hayas reconocido en alguna de ellas. Quizá hayas pensado: “esto me pasa a mí”. Y si es así, este mensaje es para ti.
Estas diez personas no llegaron porque no tuvieran problemas. Llegaron a pesar de ellos. Llegaron con hijos, con enfermedad, con duelo, con soledad, con inseguridad, con culpa, con trabajos que asfixiaban, con relaciones rotas, con miedo a no ser suficientes.
No siempre estudiaron con ganas. Muchas veces estudiaron con cansancio. Otras, con lágrimas. Otras, solo con la determinación de no soltar del todo. Y eso fue suficiente.
Porque una oposición no se gana siendo perfecto. Se gana sosteniéndose mientras dura el proceso. Volviendo después de parar a tomar aire. Comprendiéndonos en los días malos. Tratándonos con respeto. Retomando cuando se puede. Siguiendo, incluso sin certezas. Si hoy dudas, si estás agotado, si sientes que tu situación es demasiado complicada, recuerda esto: todos los que hoy han tomado posesión pensaron alguna vez o muchas veces que no lo lograrían.
La diferencia no fue la ausencia de miedo o de dudas. La diferencia fue que no dejaron que el miedo o las dudas decidiera por ellos.
Ojalá dentro de un tiempo seas tú quien esté al otro lado. Ojalá un día leas una noticia como esta y recuerdes este momento como parte del camino. Porque sí, es posible. No porque sea fácil, sino porque tú también puedes aprender a no rendirte hasta lograrlo.
Hoy celebramos 114 plazas. Pero, sobre todo, celebramos algo mucho más grande: la capacidad humana de superación y seguir adelante incluso cuando la vida te aprieta. Y eso, pase lo que pase, ya dice mucho de ti.
